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Museo Nacional Centro
de Arte Reina Sofía
6 de junio – 4 de septiembre de 2006 Con motivo de la celebración del XXV aniversario de la llegada
del Guernica de Pablo Picasso a España -procedente del Museum
of Modern Art (MoMA) de Nueva York, donde había sido depositado
hasta que se restableciesen en España las libertades políticas,
en que sería devuelto al pueblo español, según
deseo expreso del artista- , el Museo Nacional Centro de Arte Reina
Sofía y el Museo Nacional del Prado han querido rememorar
este acontecimiento cultural, uno de los más relevantes sucedidos
en la historia reciente de nuestro país y el símbolo
más elocuente de la recuperación de sus libertades
democráticas, organizando conjuntamente la exposición
Picasso. Tradición y vanguardia.
La exposición, desarrollada simultáneamente en los
dos museos, plantea un recorrido retrospectivo por toda la trayectoria
de Pablo Picasso, desde la perspectiva histórica que hoy nos
permite, reflejando cómo el genial malagueño va construyendo
su identidad moderna en constante diálogo con los grandes
maestros antiguos, en una manifiesta tensión dialéctica
con la tradición. En el Museo Nacional del Prado el diálogo
se establece con los grandes pintores de su colección, a los
que Picasso admiró desde su juventud y a los que convoca desde
su particular lenguaje para reflexionar sobre la construcción
de la mirada del pintor. La sección de la exposición
que acoge el Museo Reina Sofía pone todo el énfasis
en el compromiso moral del artista con la realidad, centrándose
en la grandeza del Guernica, no sólo como obra que reúne
los principales elementos de la evolución artística
de Picasso –clásicos, cubistas y surrealistas-, sino
también como icono universal por excelencia de denuncia de
todas las catástrofes bélicas acontecidas desde el
siglo XX.
En el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía esta celebración
adquiere un significado propio y extraordinario en cuanto este Museo
alberga la excepcional obra picassiana, que a su vez se convierte
en la columna que articula y colma de sentido su colección.
El gran mural Guernica surgió de un encargo a Pablo Picasso
por el Gobierno de la Republica española para que formase
parte del Pabellón Español en la Exposición
Internacional de las Artes y Técnicas de la Vida Moderna,
celebrada en París en 1937, construido en aquella ocasión
para dar testimonio de la trágica situación que atravesaba
España, asolada por la Guerra Civil (1936-1939).
Desde el 1 de mayo al 4 de junio de 1937, Picasso estuvo dedicado
a la realización de esta monumental pintura. Durante los seis
primeros días trabajó en un conjunto de obras preparatorias
del gran lienzo. El motivo que le impulsó a realizar la composición
definitiva fue la noticia de los bombardeos de la aviación
alemana, colaboradora de las tropas franquistas, sobre la villa vasca
de Guernica, que conoció a través de las trágicas
fotografías publicadas por el periódico francés
L’Humanité. Concebido como un gigantesco cartel, el
Guernica es un grito de denuncia del horror de la Guerra Civil española
y de cualquier otra, desde la consideración del padecimiento
de las víctimas, y, a la vez, una pieza fundamental del arte
del siglo XX.
En la principal sala de la Colección Permanente del Museo,
aquella que alberga la producción picassiana, se establece
un eje principal al situar, frente a frente, el Guernica y la emblemática
obra El 3 de mayo de 1808 en Madrid.
Los fusilamientos en la montaña
del Príncipe Pío (1814), de Francisco de Goya, suscitando
un fructífero diálogo entre dos de las imágenes
más rotundas de la iconografía universal que muestran
el padecimiento de los inocentes en cualquier confrontación
bélica, y poniendo en relación dos actitudes cercanas
y definitorias del artista moderno, como la que encarnaron tanto
Goya como Picasso. Una relación que Picasso asumió de
manera dinámica y dialéctica en su mirada a la tradición
pictórica española.
Un segundo eje, igualmente inédito y excepcional, es el que
se constituye, a través de la citada obra de Goya, con La
ejecución de Maximiliano (1868-1869), de Édouard Manet,
cedido para la ocasión gracias a la generosidad de la Städtische
Kunsthalle de Mannheim, y la obra de Picasso, Masacre en Corea (1951),
procedente del Musée National Picasso de París. El
cruce de miradas entre estos tres artistas, el paralelismo formal
en la solución compositiva de las tres obras, su similitud
temática y el compromiso social que reflejan sus autores convierte
este eje en una suerte de genealogía de la modernidad marcada
por una nueva actitud del artista al acercarse al acontecimiento
histórico.
Junto a estas obras se despliega la colección íntegra
de pinturas y dibujos que componen el denominado legado Guernica , tanto los bocetos y estudios preparatorios de Guernica, como los
llamados “postscriptos”: obras que Picasso continuó realizando
finalizado el gran lienzo y que participan de la misma temática
del Guernica, como son el conjunto de las mujeres llorando, pertenecientes
a la colección del Museo, que junto al Monumento
a los españoles
muertos por Francia (1946-1947) y a una obra tan relevante como El
Osario (1945), procedente del Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva
York, evocación del horror de los campos de concentración,
ligado iconográfica y estilísticamente con el Guernica,
completan la representación del profundo compromiso de Pablo
Picasso ante los horrores de las guerras contemporáneas. A
este grupo se unen tres obras gráficas altamente significativas
en este contexto, como son Sueño y mentira de
Franco I y II , y Minotauromaquia, en la que se anticipan algunos de los temas
iconográficos que se desarrollan en el Guernica.
Además, introduciendo el tono vitalista y esperanzador que
ha caracterizado la trayectoria picassiana, junto al desgarro existencial
de sus obras execrando la violencia bélica, acompañan
la exposición algunas de las piezas más significativas,
desde el punto de vista artístico, conceptual, vital e histórico,
de la creación de Pablo Picasso, todas pertenecientes a los
fondos del Museo Reina Sofía y que enmarcan el periodo próximo
a la creación del Guernica, como son tres de sus más
destacadas obras escultóricas: La mujer en el
jardín,
1929-30, Dama oferente (1934) y El
hombre del cordero (1943), y dos
excelentes pinturas La nadadora (1934), y Mujer
sentada en un sillón
gris (1939).
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